Unas palabras de mi padre

Es una palabra odiosa esta de desahucios. Centenares de miles de personas han tenido que enfrentarse a él. Todo motivado por esa crisis, mal gestionada desde un principio por el gobierno de turno, que llevó al  paro a cinco millones de españoles,  a consecuencia de lo cual se vieron impedidos, por falta de recursos económicos, a no poder pagar las mensualidades de sus hipotecas,  con lo que esas aves de rapiña, llamémosles buitres, águilas, halcones, o como quieran llamarles, atacan a los que ven mas débiles o tocados del ala, con esa falta de corazón, clásica en entidades de crédito, prestamistas, entidades financieras y otros pájaros de mal agüero, echaron de su  nido como si fuesen cucos a esa pareja, a la que le costó mucho tiempo atreverse a conseguir un refugio estable. para procrear, y de la noche a la mañana se vieron, sin paliativo alguno, a vivir al raso, en  la calle, si no han podido recurrir a la familia, como hay muchos, afortunadamente, que encontraron esa tabla de salvación.

Pero si estos desahucios son dolorosos porque nadie ha echado una mano para evitarlo y sin que el que podía hacerlo era Papá Estado haya creado, como se suele hacer en  los hospitales,  con  los enfermos desahuciados, una unidad de paliativos en la que normalmente, y dentro de su agonía, estiran la vida del paciente. Claro es que esta negra realidad viene producida por la alegría en el vivir de la que disfrutábamos hace años en la que a todos se nos dio por comprar un piso y atarnos a esas malhadadas hipotecas sin que hubiésemos previsto los negros nubarrones que han venido a cernirse  sobre nosotros cuando lo que hubiese resultado normal era el vivir de alquiler.

Claro que los agentes inmobiliarios,  constructoras y urbanizadoras te echaban el lazo y te llevaban al apoderado del Banco o de la Caja,  que daban créditos hipotecarios, con la misma facilidad,  que en su caseta de feria vende el churrero su mercancía. no por vender el piso para librarse, ellos, los vendedores, de la hipoteca gracias a la que, sin un euro en el  bolsillo y gracias a las entidades crediticias, subrogaban la hipoteca al comprador que, como un tortolito, caía en la red. Así se escribe la historia.

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